Parejas que se aburren.
En Arles. Una pareja joven. Él camina delante de ella, no hablan. Recorren la pequeña ciudad buscando con la mirada lo que SE HA DE VER. Por supuesto no lo encuentran.Suponiendo que exista aquello de lo que tienen una idea o intuición ni aunque chocaran con ello lo verían porque no les cambiará,no se inmutarán.
Lo mismo, también en Arles. Pero la pareja es mayor, podrían ser los padres de los chicos. Él tiene el pelo de un blanco brillante y nuclear, como el bigote. Caminan paralelos, sí, sin hablarse, mirando a ambos lados de la calle, los muros de las casas y hacia arriba, donde terminan todas las fachadas.
En Arles, en la mesa del desayuno una pareja de treinta años. Toman el café en silencio. Ella me mira porque he pasado delante de su campo de visión. Él no puede verme.
En el tren que une Arles con Marsella una provenzana con el pelo rojo, las pecas naranjas en toda la piel, algo de maquillaje, gustosa de comer un bocadillo. Se coloca unos auriculares gigantes, todo es grande en esta escena y come mientras el novio duerme, apoyado en el cristal de la ventana. Pregunto y me contesta solícita en inglés.
Llegar a una ciudad y caminar hasta el centro, el casco antiguo, the downtown. Despacio, entrar en las tiendas de folclore y no comprar nada. Mirar y fotografiar una iglesia, la catedral, el castillo. Transitar por el empedrado de callejones estrechos donde las casas se asoman pintadas de colores en los marcos, a sabiendas de que las miran con curiosidad. Quizás comer, beber algo. El turismo repetitivo. Absurdo.Engañoso y ciego. ¿Para qué?
No hay comentarios:
Publicar un comentario